Tumba Siete

Pecado y penitencia

Intolerancia, una palabra que golpea como rayo. Un concepto que define al ala radical de la cuarta transformación.  

No es casualidad que en todo el país abunden las muestras de intransigencia, que la ofensa y la agresión se hayan vuelto moneda de cambio en el curso de la vida política. 

Es lamentable que los argumentos se hayan puesto de lado para abrir paso a la violencia, a expensas de un movimiento que ansía un cambio de régimen.

Sueñan con un revolución, con llevar al cadalso a quienes no piensan como ellos, anhelan con fervoroso rencor un país donde su credo sea la única y absoluta verdad.

No es para menos, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se ha convertido en un eficaz sembrador de tormentas. El titular del Poder Ejecutivo oficia consuetudinariamente desde el pulpito de las mañaneras como instigador de odios y no como líder de una nación humana y generosa.

Azuza a sus huestes a tener entre ojos a sus adversarios, inventa conspiraciones, difama lo mismo a personajes políticos que a empresarios, artistas, líderes sociales, periodistas o intelectuales, a todo aquel anatema que no comulgue con su credo político. Nadie escapa a sus diatribas.

Conmigo o contra mí, reza el presidente un dia sí y al otro tambien. Para el mandatario mexicano no hay medias tintas.

¡Fuera mascaras!… ¡Al diablo con los titubeos!… ¡Es hora de tomar partido!: o somos conservadores o somos liberales. O se esta por mantener los privilegios de unos cuantos o a favor de la democracia y los derechos del pueblo.

La predica presidencial no es más que una absurda promoción del radicalismo extremo que acabara por sepultar a la Cuarta Trasformación, para instalar muy a nuestro pesar una Segunda Revolución Mexicana.

El que siembra vientos cosecha tempestades. Lo ocurrido la tarde del domingo 22 de junio en la sede estatal de Partido Revolucionario Institucional en Oaxaca, es consecuencia de la polarización a la que nos ha arrastrado el presidente en aras de saciar sus apetitos de poder absoluto en México.

Es cierto que López Obrador no allanó la instalaciones ubicadas en Santa Rosa Panzacola al poniente de la capital, ni les prendió fuego; pero ha sido su mensaje, su propaganda, el ánimo que inoculo en las mentes libres -que, cansadas de los abusos de poder, rompieron con la hegemonía de los partidos tradicionales- lo que alentó el ataque.

El encono es ahora la regla y no la excepción, la ofensa es el vaso comunicante entre los que dicen amar el cambio de régimen y quienes lo detestan. 

Nadie en su sano juicio añora las trapacerías del pasado, ni la arrogancia de las oficinas gubernamentales.  

Pero sí merecemos una patria libre, donde la violencia política sea castigada para evitar que el mantra de la impunidad cobije lo ánimos de quienes sin rubor gustan de quebrantar la ley.

Todos tenemos derecho disentir o a apoyar las políticas públicas del nuevo gobierno, según acomode a nuestras convicciones. Si tiene que llegar la trasformación, que venga. Pero no queremos violencia. No la necesitamos.  

La paz pública debe ser nuestro mejor asidero, porque entre los dos extremos de ese océano de discordia es necesario un puente, un espacio de dialogo, para transitar hacia el debate político y no a través el proceloso sendero del escarnio o hacia la azarosa violencia.

México no necesita entrar en ese proceso de degradación progresivo, en una espiral de violencia; lo ocurrido en las oficinas del Revolucionario Institucional debe parar.

Esta en manos de la fiscalía la investigación de los hechos, que se pongan en claro con exhaustividad los actos delictivos y que se lleve ante la justicia a los responsables. Los ciudadanos merecemos saber la verdad.

Acabemos con el rencor, si avanza la transformación que sea por el bien de la nación, si el gobierno equivoca el camino critiquemos -porque es nuestro derecho- y propongamos -porque también es nuestra obligación- pero no caigamos en el falso debate. Porque enfermos de animadversión, la disputa por el poder acabará con el prestigio del país y abatirá el crédito nacional.

Hoy, en su conferencia de medios, López Obrador amago al Instituto Nacional Electoral (INE) con balconear su estructura, con exhibir sus gastos; le regateó su legitimidad. No perdió la oportunidad de decir que además de caro fue cómplice de los fraudes electorales orquestados en su contra.

Esas lapidaciones no abonan, y si me apuran sirven como combustible para que los animosos pasen del linchamiento mediático y les prendan fuego a sus instalaciones.

Ya tienen el primer ejemplo, el botón de muestra que corrobora a pie y juntillas que el que siembra odios cosecha terror.

El presidente enfrenta una disyuntiva, o se convierte en el gran reformador que México necesita con urgencia o en el sepulturero de la paz, lo que resulte será consecuencia de haber soliviantado los odios y en el pecado llevará la penitencia.

También podría gustarte
EN VIVO: W Radio